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Cuando arribamos al aniversario 48 del asesinato del Comandante Ernesto Che Guevara, ocurrido el nueve de octubre de 1967 en Bolivia, me he propuesto recordar al Guerrillero Heroico desde una óptica poco conocida de su multifacética personalidad: el humorismo.

 


De él son sobradamente conocidas sus características como dirigente, médico, guerrillero, político, internacionalista, en fin, su trayectoria como revolucionario y soñador, que lo han inmortalizado para la historia.

Quizás sorprenda a muchos que en estas líneas me refiera al uso del humorismo por el Che, un hombre de acerado temple, entereza, modestia y otras cualidades que no apuntan precisamente hacia el humorismo.

Pues bien, repasando unos viejos apuntes de clases universitarias, y a la luz del análisis de sus escritos, encontré interesantes características que a continuación expongo.

En “Una introducción necesaria” (Diario del Che en Bolivia), Fidel hace alusión a esa cualidad, cuando se refiere a “las expresiones de su espíritu profundamente observador, analítico, y muchas veces matizado de fino humor”.

El empleo del humorismo en el Che tiene amplios matices, que van desde inocuas y simpáticas muestras, hasta la más acerada e hiriente mordacidad, según el caso. A veces utiliza una ironía risueña y divertida, o bien encontramos la comicidad de una graciosa anécdota.

En Pasajes de una Guerra Revolucionaria, el Che comenta sobre la negativa de los campesinos que componían el Ejercito Rebelde a comer carne de caballo, pues para ellos su “bestia” es casi como un amigo, y por ende comer esa carne es como cometer un acto de canibalismo.

Sin embargo, el hambre implacable a que estaban sometidos hacía que al final todos pasaran por la “prueba de fuego”. Cierta vez fue capturado un “casquito” (soldado de Batista), el cual, estimulado por el correcto trato recibido, planteó que el caballo que traía era prestado, y que, por favor, se lo cuidaran, pues debía devolverlo. Lo que no sabía el hombre era que mientras esto decía, saboreaba un plato de sopa, hecho con la carne de su cabalgadura.

Muy divertidos resultan los relatos acerca de sus experiencias como dentista, en que se imponía al cliente con los peores insultos, que él llamaba “anestesia sicológica”, y cita el fracaso de sus esfuerzos para extraerle un colmillo a Joel Iglesias, a pesar de que solo le faltó “ponerle un cartucho de dinamita”.

Otro ejemplo es la crónica en la que relata cómo se efectuó la primera transmisión radial desde la montaña, donde plantea que solo alcanzaron a escucharla Fidel, que se encontraba en el propio campamento, y Pelencho, “un campesino cuyo bohío estaba situado en la loma de enfrente de La Plata”.

A veces el humor del Che se advierte en palabras que inventa, como cuando habla de “tiempos anaviónicos” o de “tirar fidelazos” que encontramos en el informe que envía a Fidel sobre la invasión.

Frecuentemente el humor lo emplea contra sí mismo. Tales son los casos de cuando plantea que en determinado combate “enfrentó los tiros con la parte posterior del cuerpo” o cuando dice que corrió “con velocidad que nunca ha vuelto a alcanzar”.

En todos los casos se advierte un deliberado propósito de restar importancia a su valor personal, pues según testimonios de sus compañeros, a veces se expresaba así refiriéndose a acciones en las que tuvo una destacada participación. Cuando así lo hace, no solo pone de relieve su sencillez y modestia, sino un intenso desprecio a la fanfarronería y el oportunismo.

Del humorismo del Che dan fe una serie de artículos que publicó en la revista Verde Olivo durante 1960, bajo el seudónimo de “El franco-tirador” y que a los interesados en el tema recomiendo su lectura.

Para concluir podemos señalar que el empleo del humorismo en los escritos del Che fue también, como toda su vida y su obra, un arma al servicio de la causa a la que se consagró por entero: la Revolución.

Roberto Ortiz del Toro. / Tomado de Tele Cristal

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