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Israel Hernández Álvarez, AIN / Servicio Especial de la AIN

   La finca Marianao, cercana al poblado de Banao, en Sancti Spíritus, fue el último sitio del llano donde acampó la columna ocho Ciro Redondo en su trayecto desde la Sierra Maestra hasta Las Villas, en 1958.
   Marcos Calvo Hidalgo, combatiente del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, recuerda su encuentro en esa zona con el jefe de la aguerrida tropa que había llegado a mediados de octubre a las estribaciones del grupo montañoso Guamuhaya.

    “Yo estaba en el campamento general del Directorio, en Dos Arroyos (en el Escambray), cuando se me dio la orden de bajar al llano para adquirir armas. Al frente de 13 hombres me dirigí a la zona de Río Abajo, en Banao, donde algunos campesinos contaban con revólveres y escopetas, y estaba seguro de que las aportarían a la lucha”.
   Tres de los combatientes del grupo quisieron visitar a sus familiares, radicados en la comarca, y al pasar por Marianao (lugar que fuera campamento insurrecto en distintas épocas de las guerras por la independencia de Cuba) fueron sorprendidos por miembros de la columna ocho.
   A la voz de: “alto, quién viene”, la gente del Directorio expresó: “Somos campesinos”.
   “¿Campesinos con armas?”, respondieron los invasores.
    Los tres guerrilleros fueron en unión del grupo de los recién llegados hasta donde se encontraba quien había bajado del lomerío al frente de ellos.
    “Mi asombro fue grande -rememora el jefe de aquella escuadra- cuando vi que entre ellos venía el Che”.
   “Después de charlar un rato, el legendario guerrillero quiso seguir la marcha para cumplir el ansiado objetivo: alcanzar las montañas del Escambray”.
   Pero su interlocutor le propuso enviar a un arriero de entera confianza a chequear las posiciones del ejército batistiano, porque en distintos puntos de la carretera desde Sancti Spíritus hasta Banao, había emboscadas.
   Han transcurrido 11 lustros de aquellos hechos y aún Marcos Calvo, quien sobrepasa los 81 años de vida, no puede ocultar la admiración y el respeto que sintió desde el principio por ese hombre de acento argentino.
   “Era una gente del caramba. Esa tarde había dos columnistas de guardia a poca distancia del campamento a fin de evitar cualquier sorpresa y otros campesinos les llevaron comida.
   “Cuando se preparó la cena, el Che personalmente la repartió, y al enterarse de que ya esos combatientes habían comido, los sancionó: les quitó las armas y los envió a la punta de vanguardia.
   “Después de regresar el arriero con la ubicación exacta de los soldados, le expresé que cruzaríamos por un puente sobre el río Cayajaná. Me miró de manera inquisidora, y dijo: ‘Tú estás loco o quieres que nos coma el león. Ahí están los guardias esperándonos’.
   “No, Comandante -le respondí- yo digo en el puente sobre el Cayajaná en el camino de Guasimal. Los guardias están en la parte de la carretera de Sancti Spíritus a Trinidad.
   “Rápidamente entendió y agregó: ‘Está bien, pero cuando estemos a unos 500 metros de allí, me avisas”.
   Entre el Cayajaná y el llamado entronque de Guasimal, apenas mediaban 400 metros y en ambos lugares había fuertes guarniciones del ejército, el cual tenía información sobre la presencia de los rebeldes en la zona.
   “Cuando estábamos alrededor de 500 metros de la carretera, se lo comuniqué. Me ordenó adelantarme y cortar las cercas a ambos lados de ésta para facilitar el paso de la columna (140 hombres), más los 13 bajo mi mando.
   “Hubo un momento cuando no comprendí su orden de que los guerrilleros a caballo cruzaran a la derecha e izquierda de quienes marchaban a pie, y provocaran ruidos para que los soldados oyeran.
   “Aquello me pareció descabellado. Luego del cruce, me explicó: ‘En la oscuridad, cuando los guardias sienten ruido, se esconden y toman posiciones para esperar el ataque. Nunca salen al encuentro primero’. En ese instante pude apreciar su experiencia y astucia guerrilleras”.
   En el libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria, el Che dejó constancia de aquel momento cuando escribió: “(…) cruzamos el último cordón de guardias en la carretera de Trinidad a Sancti Spíritus el día 15 por la noche, y comenzó nuestra fatigosa tarea política”.
   Con admiración, el joven alzado evoca un gesto que dice mucho de la sensibilidad humana del Comandante Guevara:
   “Del otro lado de la carretera, vivía un campesino llamado Salvador Quintero quien tenía a su hija enferma. A pesar del peligro acechante, porque los soldados estaban cerca; él, quien era médico, se detuvo para reconocer a la niña y con paciencia le indicó el tratamiento a seguir”.
   Quintero, agradecido por la actitud del futuro jefe de todas las unidades rebeldes del Movimiento 26 de Julio que operaban en la provincia de Las Villas, lo condujo a la finca de Miguel Badaló, en las faldas de la loma del Obispo, quien ofreció dos cantinas de leche a la extenuada tropa.
   La rebeldes habían empleado más de 40 días en su recorrido desde la Sierra Maestra, realizado a veces sin prácticos: caminaban por ciénagas, tomaban agua de pantanos, comían en pocas ocasiones, sorteaban la aviación, combatían en emboscadas y, por si fuera poco, resistieron el azote de dos ciclones.
   Los insurrectos continuaron viaje hasta llegar a Planta Cantú al amanecer, y allí se instaló el primer campamento en el Escambray. Esa mañana desayunaron a razón de un litro de leche por combatiente e igual cantidad se les dio a seis hombres hechos prisioneros por la columna.
   “En este lugar -recuerda Calvo- me despedí del Che y le expresé: Comandante, ya está en territorio libre, yo tengo que ir a informarle a mi jefe que usted está aquí en el Escambray”.
   Al llegar a la comandancia de Faure Chomón, jefe del Frente Guerrillero del Directorio Revolucionairo13 de Marzo, Calvo le contó su encuentro fortuito con el legendario Comandante.
  Pasados dos o tres días se toparon Chomón y Guevara, en Dos Arroyos, y este le propuso lo acompañara el joven Marcos, pero el dirigente del 13 de Marzo le expresó que éste debía ir a Yayabo Arriba, donde se encontraba el Comando Juan Pedro Carbó Serviá. No obstante, le dijo, si lo necesitaba lo enviara a buscar.
   Varias acciones combinadas desarrollaron las tropas del 26 y del Directorio después del arribo de la columna ocho al territorio central del país, hasta concluir con la toma y liberación de poblados y ciudades. Esa unión de las fuerzas  propició la alianza que la historia reconoce como Frente de Las Villas.
   Marcos Calvo conserva fresca en la memoria una de sus últimas conversaciones con el Guerrillero Heroico después del triunfo de la Revolución.
“Yo quise licenciarme del Ejército Rebelde porque ya habíamos derrotado a la tiranía. Se lo comuniqué a mi jefe inmediato, quien me condujo ante el Comandante Guevara para hacerle la consulta.
   “Él me miró fijamente y preguntó si yo había terminado ya. Le respondí que Batista se había ido”.
   “¿Tú quieres que los casquitos sigan siendo guardias?”, le inquirió el Che y el joven rebelde acabó de convencerse cuando con palabras proféticas el jefe de la columna ocho le advirtió: “Se terminó la insurrección armada, pero la Revolución empieza ahora”.

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