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Aquel hombre-leyenda, que el próximo 14 de junio cumpliría 85 años de nacido en Rosario, Argentina, conoció el temor, aunque supo vencerlo, hasta convertirse en un «santo del coraje»

Luis Hernández Serrano  / Juventud Rebelde / Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

«Un hombre como todos los demás», así se sentía el Che, según él mismo confesó a un muchacho en la Unidad Experimental Ciro Redondo, en Jovellanos, Matanzas, en 1965. Solo que llegó a ser un hombre extraordinario.

«Si algún soldado veterano de nuestra guerra de liberación dice que nunca ha corrido, pueden decirle, en su cara, que miente», confesó el guerrillero. En tal sentido sostuvo: «Todos corrimos y pasamos por el período en que las sombras asustan».(1)

En la Sierra Maestra, cerca del caserío Santa Rosa, el Che y sus hombres fueron detectados por la tropa del comandante Sánchez Mosquera, uno de los oficiales del Ejército de la dictadura que combatió a la guerrilla en las montañas, en 1958.

Sin saber la posición exacta de los rebeldes, los soldados dispararon varios morterazos inútiles y no causaron ningún estrago. A los pocos minutos se generalizó un tiroteo y el Che se vio atrapado virtualmente entre dos fuegos. Muy pronto, por la izquierda del lugar donde estaba, gritando desaforadamente, subían los soldados, al tiempo que los rebeldes más inexpertos, disparando tiros esporádicos, salieron corriendo loma abajo, en dirección contraria.

Guevara sabía perfectamente que estaba solo en un potrero donde no había ni un matojo y, para colmo, observó cómo asomaban por la loma los cascos del enemigo. Al ver que un guardia perseguía a varios de sus compañeros ladera abajo, le disparó con su subametralladora Beretta, aunque no pudo alcanzarlo.

En cambio delató dónde se encontraba y le cayeron a tiros. Dejemos que sea el mismo rebelde quien cuente lo demás: «Emprendí una zigzagueante carrera, llevando sobre los hombros mil balas que portaba en una tremenda cartuchera de cuero, y saludado por los gritos de desprecio de algunos soldados enemigos. Al llegar cerca del refugio de los árboles, mi pistola se cayó. Mi único gesto altivo de esa mañana triste fue frenar, volver sobre mis pasos, recoger la pistola y salir corriendo, saludado esta vez, por la pequeña polvareda que levantaban como puntillas a mi alrededor las balas de los fusiles», relató en su Pasajes de la Guerra Revolucionaria.

El enemigo desconocía que el veloz enemigo era el médico argentino Ernesto Guevara de la Serna, uno de los expedicionarios del yate Granma que luego se convertiría en leyenda viva.

No era posible seguir huyendo

«Cuando me consideré a salvo —continúa el Che— sin saber de mis compañeros ni del resultado de la ofensiva, quedé descansando, parapetado en una gran piedra, en medio del monte. El asma piadosamente me había dejado correr unos cuantos metros, pero se vengaba de mí, y el corazón saltaba dentro del pecho.

«Sentí la ruptura de ramas por gente que se acercaba, ya no era posible seguir huyendo (¡que realmente era lo que tenía ganas de hacer!), esta vez era otro compañero nuestro, extraviado, recluta recién incorporado a la tropa. Su frase de consuelo fue más o menos: “¡No se preocupe, Comandante, yo muero con usted!”. Yo no tenía ganas de morir, y sí tentaciones de recordarle algo de su madre, pero me parece que no lo hice. ¡Ese día me sentí cobarde!».(2)

Muchas anécdotas y expresiones del Che se perdieron en los primeros tiempos, porque quizá él mismo no consideró  perdurables sus cosas más personales. Sin embargo, dado a escribir, dejó constancia de muchos de sus pasos por la vida y de sus ideas.

En una parte de la carta escrita a su mamá desde Bogotá, Colombia, el 6 de julio de 1952, se revela de carne y hueso: «Durante una de mis guardias me anoté un punto en contra, ya que un pollo que llevábamos para el morfi (almuerzo) cayó al agua y se lo llevó la corriente. Y yo, que antes en San Pablo había atravesado el río, me achiqué en gran forma para ir a buscarlo, mitad por los caimanes que se dejaban ver de vez en cuando, y mitad porque nunca he podido vencer del todo el miedo que me da el agua de noche. Seguro que si estabas vos le sacabas, y Ana María creo que también, ya que no tienen esos complejos nochísticos que me dan a mí».(3)

El día que más corrió

¡Claro que el Che fue un hombre valiente! Pero no puede calificarse de tal quien no ha dado muestras precisamente de dominar el asedio del miedo: hay que graduarse. No se pueden violentar las etapas, es preciso vivirlas. El Che demostró siempre estar graduado en intensidades, porque pasó todos los exámenes y sacó muy buenas calificaciones en la asignatura del valor. Lo que ocurre es que en ese curso hay tareas para la casa que requieren saber correr cuando no queda otra alternativa.

Es muy valioso el testimonio de uno de sus escoltas en la Sierra Maestra y años más tarde integrante de su guerrilla en las selvas bolivianas, que muestra al Comandante Guevara en un instante difícil de su actuar como guerrillero. Se había preparado el cerco de Las Mercedes, poco tiempo antes de iniciar la heroica invasión de las columnas rebeldes hacia el occidente del país, y ocurrió lo que explica el citado combatiente:

«En esos días íbamos con él dos compañeros y yo; el resto de la columna se colocó a lo largo del camino. Frente a una casa nos dieron el alto, y cuando nos dimos cuenta allí estaba el ejército, que comenzó a disparar, nosotros a correr, ellos a tirarnos y nosotros a correr más rápido, hasta que logramos salir. Yo creo que esa fue la vez que más corrió el Che en su vida, porque aquello parecía una competencia de campo y pista. Cuando nos alejamos, preparó la columna y organizó la defensa».(4)

Uno aprende a vencer todos los temores, pero son los años los mejores maestros. Los primeros miedos aparecen en los días iniciales de nuestra existencia. El Che, lógicamente, no fue de ningún modo una excepción. Cuando tenía 24 años, en 1952, un día de gran peligro, sintió el miedo rozándole la piel.

Con su amigo Alberto Granado inició el ascenso de un alto cerro cuya punta cubría la nieve. Los relojes marcaban las 12:15 del día. Una hora y 15 minutos más tarde los jóvenes reían a sus anchas de lo que precisamente su juventud les permitía hacer. A las dos de la tarde sudaban copiosamente y a las cinco escalaban con éxito la parte rocosa. Ernesto Guevara anotó estos detalles en su diario:

«Allí quedé encajado, al caérseme una piedra que me servía de apoyo y no podía ir para arriba y tampoco para abajo. Al ver la caída, como de 30 metros que tenía abajo y la imposibilidad de subir, me di cuenta de que ¡tenía un miedo bárbaro! Quedé media hora achatado contra las piedras, dándome valor mentalmente. Al fin, sin mirar abajo, empecé a subir con una lentitud atroz, hasta hacer pie en la roca firme».(5)

En marzo de 1958 Guevara ubicó un campamento provisional en La Otilia, Sierra Maestra, desde donde partió una mañana con el fin de ver a Fidel en El Jíbaro. Cuando regresaba de ese viaje por abruptos senderos serranos, tuvo una desagradable experiencia. Su ayudante se había quedado por razones que no vienen al caso precisar ahora, y tuvo que valerse de un nuevo guía. La noche estaba clara, pero no dejaba por eso de ser noche, y en las proximidades del campamento, en la casa de un latifundista de aquella zona, vieron varios mulos en circunstancias muy raras. Las bestias, en hilera, con sus arreos puestos, pero tiradas en el suelo, muertas.

El Che y su improvisado práctico no pudieron evitar el asombro que sintieron ante el singular espectáculo. La sensación de temor fue tan fuerte que el guía se montó en su caballo y desistió de continuar con el jefe rebelde, pretextando desconocer el sitio donde se encontraban.

No obstante la situación, el Comandante Guevara contó al respecto que se separaron amigablemente y quedó solo en medio de lo inexplicable. Después lo relató así:

«Yo tenía una Beretta y, con ella montada, llevando el caballo de las riendas, me interné en los primeros cafetales. Al llegar a una casa abandonada, un tremendo ruido me sobresaltó hasta el punto de que por poco disparo, pero era solo un puerco asustado también por mi presencia. Lentamente y, con muchas precauciones, fui recorriendo los escasos centenares de metros que me separaban de nuestra posición, en la que encontré un compañero que había quedado durmiendo en la casa.

«El oficial rebelde que quedó al mando de la tropa, ordenó la evacuación de la vivienda, previendo algún ataque nocturno o de madrugada. Como las tropas estaban bien diseminadas defendiendo el lugar, me acosté a dormir con el único acompañante. Toda aquella escena no tiene para mí otro significado que el de la satisfacción que experimenté al haber vencido el miedo durante un trayecto que se me antojó eterno, hasta llegar, por fin, solitario, al puesto de mando. Esa noche me sentí valiente».(6)

Dos hermanos gemelos, de piel negra como el azabache, nativos del municipio de Güira de Melena, Pedro Osvaldo y Pablo Bárbaro, estuvieron con el Che en el Congo, África, en 1965. Los dos —Sita y Saba, respectivamente (como seudónimos), participaron en el ataque al cuartel de Forces Bendera, el 29 de junio de ese año. Por aquellas tierras africanas recibieron su bautismo de fuego guerrillero, pero en el primer combate sintieron que el bichito del miedo les recorrió el cuerpo y se lo comunicaron a su jefe.

Uno de ellos, le dijo: «Comandante, cuando escuchamos los primeros tiros no sabíamos qué íbamos a hacer. Experimentamos un miedo jimagua, nos temblaron las piernas por igual a los dos. ¿Qué usted opina de eso?». A lo que el Che, convencido de lo que les había sucedido a los  mellizos, contestó: «Siempre hay miedo, eso es perfectamente normal, hay que acostumbrarse, uno llega a vencerlo».(7)

Y el Guerrillero Heroico supo vencerlo. Fidel lo catalogaría de muy valiente, muy audaz y a veces temerario: «Se convirtió en uno de los más singulares ejemplos de combatiente y de revolucionario. Che se convirtió en un gran símbolo para el mundo entero, del hombre ejemplar, revolucionario, heroico. Se convirtió, yo diría, en uno de los más singulares ejemplos de combatiente y de revolucionario del Tercer Mundo, e incluso del mundo industrializado».

Ese «santo del coraje», como le han llamado, cuando tuvo delante la muerte, la más dura prueba de un humano, conminó: «¡Apunte bien, va usted a matar a un hombre!».

Nota: Estos testimonios aparecen en el libro inédito del autor: El hombre de la casa rodante, entregado a la Casa Editora Abril.

Fuentes: (1) Che, pensamiento político, María del Carmen Ariet, Editora Política, 1988. (2) Interludio, revista Verde Olivo, 13 de agosto de 1964. Incluido en Pasajes de la Guerra Revolucionaria, Ernesto Che Guevara, Editorial Arte y Literatura, 1975, p.p. 255-256. (3) Mi hijo el Che, Ernesto Guevara Lynch, Editorial Arte y Literatura, 1988, p. 412. (4) Che entre nosotros, Adys Cupull y Froilán González, Casa Editora Abril, 1992, p. 33, testimonio de Harry Villegas Tamayo, hoy general de brigada de las FAR. (5) Mi hijo el Che… P. 358. (6) Interludio… Pasajes… (7) Con el Che en el Congo, el habanero, 20 octubre 1992, reportaje del autor, testimonio de los gemelos Pedro Osvaldo y Pablo Bárbaro Ortiz Montalvo.

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