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Adialim López  *

Escribir sobre el Che es una de las tareas más sublimes que le pueden dar a cualquier persona que haya conocido sobre la vida de este hombre.

Olvido en este instante mi desamor hacia las crónicas, olvido también trabajos y deudas de clases que han ocupado durante todo el día mi pensamiento, y dedico unas horas a aquel que un día como hoy, 8 de octubre, pero hace 47 años estaba en una escuelita en La Higuera, en Bolivia, a horas de decir adiós a las patrias y a las causas por las que tanto luchó. 
Mario Terán lo mató un día nueve en la noche. Para hacerlo tuvo que cerrar sus ojos, supongo que la luz del Che era tan grande que no había ser humano con valor de apagarla para siempre.
¿Cómo no ver que iba a cometer la mayor de las atrocidades? Aún hoy se estremecen millones de corazones en el mundo al leer el retrato que del hecho hizo el cruel asesino.
“Dudé 40 minutos antes de ejecutar la orden. Me fui a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la hubiera anulado. Pero el coronel se puso furioso. Así es que fui. Ése fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: «Usted ha venido a matarme». Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: «¿Qué han dicho los otros?». Le respondí que no habían dicho nada y él contestó: «¡Eran unos valientes!». Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. «¡Póngase sereno —me dijo— y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!». Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto”. 
Ernesto Guevara de la Serna dejó tallado en la memoria de la humanidad su ejemplo de indiscutible Guerrillero Heroico.  Incontables son los hechos que reafirman este seudónimo.
Desde pequeño Ernestito o “Teté”, como le decían sus familiares y amigos cariñosamente padeció asma y al tener que regular su práctica deportiva se convirtió en un extraordinario lector, un gran aficionado al ajedrez y generó en él un fuerte espíritu de disciplina y autocontrol.
Unido a esto fue muy independiente, seguro y rebelde, quizás fueran estas las características que lo hicieron viajar para conocer el mundo y ayudar a los necesitados.
Su primer viaje fue en bicicleta por Córdoba y sobre él reflexiona: “…No, no se conoce así un pueblo, una forma y una interpretación de la vida, aquello es la lujosa cubierta, pero su alma está reflejada en los enfermos de los hospitales, los asilados en la comisaría o el peatón ansioso con quien se intima, mientras el Río Grande muestra su crecido cauce turbulento por debajo”.
Así es como tiempo después conoce Cuba y las ansias de nuestro pueblo de crear una república como la soñó Martí. Hizo grandes cosas, se convirtió en un cubano más y así se ha quedado en la historia.
 Los más jóvenes no pudimos conocerlo, de él nos vienen imágenes de archivo que son suficientes para presenciar su grandeza y su gran belleza: la mirada futurista, el caminar gallardo, la firme expresión, el tabaco en sus manos. Y lo que se aprecia en sus acciones: su envidiable inteligencia y humanismo.
Su grandeza y ejemplo nunca murió, no hay mejor ejemplo de esto que las ansias de nuestro gobierno porque nuestros niños en verdad sean como el Che.

*Estudiante de Periodismo - Universidad de Camagüey "Ignacio Agramonte Loynaz"

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